{"id":1618,"date":"2017-01-13T12:44:04","date_gmt":"2017-01-13T15:44:04","guid":{"rendered":"http:\/\/165.227.28.131\/blog\/?p=1618"},"modified":"2017-01-13T12:55:16","modified_gmt":"2017-01-13T15:55:16","slug":"un-viaje-a-la-tierra-de-los-descuartizadores","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/quizviajero.com\/blog\/un-viaje-a-la-tierra-de-los-descuartizadores\/","title":{"rendered":"Un viaje a la tierra de las descuartizadoras"},"content":{"rendered":"<p><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-1619\" src=\"https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-1024x768.jpg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"768\" srcset=\"https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-1024x768.jpg 1024w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-400x300.jpg 400w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-768x576.jpg 768w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-195x146.jpg 195w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-50x38.jpg 50w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino-100x75.jpg 100w, https:\/\/quizviajero.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2017\/01\/trabajo-fino.jpg 2048w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>De boca en boca nos lleg\u00f3 finalmente la informaci\u00f3n.<\/p>\n<p>A las siete de la ma\u00f1ana en el mercado principal de la ciudad. M\u00e1s precisamente en el puente. Un hombre nos iba a buscar.<\/p>\n<p>Nos bajamos de la guagua poco antes de la hora pautada. Ten\u00eda la panza revuelta por el olor a pescado frito del desayuno que se tomaba en la abarrotada parte central del mercado. Desconfiando de la citaci\u00f3n, que parec\u00eda sacada de una pel\u00edcula de narcos, pens\u00e9 en las ventajas del no encuentro: iba a recorrer el mercado en su hora pico y hacer la experiencia del manjar marino. Alguna aventura hab\u00eda que improvisar.<\/p>\n<p>Pero, contra todo pron\u00f3stico, el hombre lleg\u00f3. M\u00ednimo, justo, nos hizo una se\u00f1a que entendimos y obedecimos. Bajamos por el puente y un grito corpulento y agudo nos sacudi\u00f3 de la hipnosis con la que segu\u00edamos a nuestro l\u00edder. Era nuestro contacto: la palenquera que, presumida, nos presentaba a Carlos.<\/p>\n<p>A las siete y cuarto ya hac\u00edan cerca de treinta grados. El camino se volv\u00eda cada vez m\u00e1s salvaje y la bachata se pon\u00eda profunda a medida que nos adentr\u00e1bamos en las calles de tierra del paisaje bananero. Los pasajeros, comerciantes de precisi\u00f3n gen\u00e9tica en el movimiento, sub\u00edan a la guagua cuyo pedal de freno no fue ejecutado a tope sino solo hasta que llegamos a su destino final: San Basilio del Palenque.<\/p>\n<p>Ya en el bus se notaba que hablaban distinto, no era castellano pero tampoco pod\u00eda identificar de qu\u00e9 lengua se trataba. En un in\u00fatil intento por descifrar la etimolog\u00eda de las palabras, me dorm\u00ed con el romance bachatero de fondo que era canci\u00f3n de cuna para m\u00ed a esa hora de la ma\u00f1ana. Cuando despert\u00e9, estaba en Ghana. El dialecto, comprend\u00ed, era el tr\u00e1nsito a este mundo. No s\u00e9 si era el sol o alguien hab\u00eda cambiado las formas y la paleta del paisaje. Estaba claro que ya no estaba en Colombia: casas saturadas de colores, con guardas de rayas o flores que parec\u00edan pinturas rupestres en contraste con el fondo, techos de chapa combinados con paja, calles de polvo en nubes surcadas por la guagua y el trote de los chiquitos que compet\u00edan con la velocidad del veh\u00edculo. La ten\u00edan clara: llegaban las golosinas\u2026 y los turistas.<\/p>\n<p>Mi chico arm\u00f3 r\u00e1pidamente un picadito con los ni\u00f1os en la plaza, pero uno de ellos se cruz\u00f3 y me invit\u00f3 con la mirada. Yo lo segu\u00ed: la obediencia era la consigna del d\u00eda.<\/p>\n<p>Frente a la plaza, las encontr\u00e9. No s\u00e9 de qu\u00e9 habr\u00edan estado hablando, pero seguramente era algo divertido. Su risa era musical y compon\u00eda una perfecta imagen con sus dientes blancos. Estaban asomadas a una ventana de madera que parec\u00eda el marco verde de un cuadro africano. Tal vez buscaban la brisa que, aseguro, nunca lleg\u00f3 al menos ese d\u00eda. Sonaban Aventura y algunos tambores que se mezclaban con las motitos que iban y ven\u00edan y con los gritos de los chicos que peloteaban enfrente.<\/p>\n<p>Aunque salud\u00e9 con cierta timidez irreconocible en m\u00ed, ellas me recibieron con alegr\u00eda. En ese lugar es imposible otro estado de \u00e1nimo, intu\u00ed. Ah\u00ed no llegan los turistas, me dijo la m\u00e1s atrevida de las tres, me pregunt\u00f3 a qu\u00e9 hab\u00edamos ido. Sab\u00eda que yo no estaba sola.<\/p>\n<p>Le cont\u00e9 que tra\u00eda un documental que un colega hab\u00eda filmado hac\u00eda unos a\u00f1os en el pueblo. Le dije su nombre y un resumen de la pel\u00edcula. Ella recordaba todo muy bien, asent\u00eda con la cabeza y completaba mis frases adivinando la pr\u00f3xima palabra. Digo que ella realmente se acordaba de todo, con detalle, pero sobre todo de \u00e9l, mi colega: el director. Estaba claro que buscaba complicidad femenina en m\u00ed que \u2013por supuesto\u2013 encontr\u00f3 en menos de 3 segundos. Las otras dijeron algo indescifrable en el dialecto palenquero y, aunque no supe exactamente de qu\u00e9 se trataba, no me qued\u00e9 afuera. Ya \u00e9ramos amigas: entonces solo nos separaba una ventana. Entonces.<\/p>\n<p>Me acerqu\u00e9 y les pregunt\u00e9 qu\u00e9 estaban haciendo mientras exploraba visualmente y sin querer el escenario, porque yo no buscaba lo que encontr\u00e9. La imagen lleg\u00f3 antes que la palabra: un tabl\u00f3n s\u00f3lido contra la pared de la ventana, un mantel de hule pegajoso y agrietado, una masa amorfa de carne oscura. Sangre, mucha sangre, moscas y un caparaz\u00f3n prehist\u00f3rico.<\/p>\n<p>No pude sostener la mirada y en un acto reflejo me volv\u00ed sobre mis pasos. Se dieron cuenta de mi reacci\u00f3n e intentaron justificar la carnicer\u00eda mientras yo me esforzaba por disimular mi espanto. Lo que era natural para ellas no dejaba de ser un horror para m\u00ed. Me qued\u00e9 afuera \u2013ahora s\u00ed\u2013 y me acord\u00e9 de OUT, una novela japonesa, en la que dos mujeres se dedicaban a desaparecer cuerpos entregados por la mafia del juego.<\/p>\n<p>La descuartizaci\u00f3n es cosa de chicas. Es un trabajo que, m\u00e1s que fuerza, requiere inteligencia y concentraci\u00f3n, trabajo fino, de costurera de vestidos y botones bien forrados, que entiende de cortes y articulaciones. S\u00ed, cosa de chicas, que escuchan bachatas de amor mientras esperan a turistas para seducir con sonrisa m\u00e1gica y cuchillo en mano. No s\u00e9 si fue para medirme o para provocarme a causa de mi reacci\u00f3n poco educada, pero una de ellas \u2013la m\u00e1s joven\u2013 le hablaba a mi chico, que hab\u00eda vuelto a buscarme y al que yo no hab\u00eda registrado a mi lado, y le dec\u00eda si no quer\u00eda un hijo mulatito. Como Lenny Kravitz.<\/p>\n<p>Atrevida, zorra. \u00c9l re\u00eda. Yo ten\u00eda un cuchillo en los ojos y otro muy pero muy cerca.<\/p>\n<p>Las tres se fueron para adentro. Mi novio, envalentonado por el piropo y sabiendo que no le saldr\u00eda gratis la risita de consentimiento, con astucia anul\u00f3 la posibilidad de tematizar lo que acababa de suceder y cruz\u00f3 por la tangente. Sabiendo de mi debilidad por las iglesias y los cementerios, me dijo que, aun siendo viernes, la iglesia estaba abierta especialmente para nosotros, que hab\u00edan pasado meses que no se escuchaba castellano ah\u00ed y que el cura estaba contento de que lo hubieran despertado de la siesta por esta raz\u00f3n.<\/p>\n<p>Luego de una visita casi muse\u00edstica en el sincr\u00e9tico templo, fuimos a la biblioteca a dejar el DVD y a dar vueltas por la \u00c1frica colombiana. Un manto de silencio nos cubr\u00eda. El calor nos aplastaba como un \u00e9mbolo en nuestras cabezas.<\/p>\n<p>Finalmente se hizo la hora de la vuelta. La aguja del term\u00f3metro no bajaba. Carlos nos indic\u00f3 con el dedo \u00edndice la guagua: nosotros obedecimos y subimos. Sonaba <em>Obsesi\u00f3n<\/em>, me puse a cantarla, ya me sab\u00eda la letra como el <em>Ave Maria<\/em>. Era obvio que hasta Cartagena no habr\u00eda frenos. Y en el fondo, las parkas, preciosas mu\u00f1ecas te\u00f1idas de bet\u00fan reci\u00e9n lustrado, con flores en el pelo y escotes pronunciados, que se iban de fiesta a la ciudad. La atrevida me mir\u00f3 desafiante. Tom\u00e9 de la mano a mi hombre, la mir\u00e9 esta vez de manera sostenida e hice que nos sent\u00e1ramos bien adelante. \u00c9l, al lado de la ventana. Yo, hacia el pasillo. Dej\u00e9 de cantar <em>Obsesi\u00f3n<\/em>, solo tarare\u00e9.<\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p><em>Minino a sarangi\u00f3 andi ten oriki ri bel\u00e1 bel\u00e1<\/em> rezaba un cartel al final del camino.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La humedad aplastante y los gritos africanos mezclados con la glucosa de la bachata nos durmieron. No tengo idea de cu\u00e1nto pas\u00f3 hasta que me despert\u00e9 en medio de la quietud y de una guagua vac\u00eda y encandilada por el sol que no terminaba de ponerse. Afuera una anciana gritaba en perfecto castellano cubano. A m\u00ed me sonaba a eso, a una habanera.<\/p>\n<p>-Que hay un muerto, que les digo que el tranc\u00f3n es por un muerto.<\/p>\n<p>Baj\u00e9 y empec\u00e9 a caminar en medio de la ruta, pegada a la interminable caravana de autos. Segu\u00eda sin noci\u00f3n del tiempo. Un polic\u00eda me detuvo porque ve\u00eda que yo avanzaba espont\u00e1neamente. M\u00e1s adelante hab\u00eda un ambulancia y dos patrulleros. Ten\u00eda raz\u00f3n la mujer: hab\u00eda un muerto.<\/p>\n<p>El intendente de Arjona, un pueblo entre Cartagena y Palenque, hab\u00eda sido ajusticiado por dos sicarios que iban en una moto. Lo interceptaron en la delgada ruta y con precisi\u00f3n de relojero suizo le dispararon en movimiento porque, seg\u00fan me relat\u00f3 el polic\u00eda, ninguno fren\u00f3. Yo me preguntaba si la gente de ah\u00ed conoc\u00eda los frenos. De pronto, me di cuenta de que hab\u00eda dejado a mi chico con las parkas sensuales e imagin\u00e9 sus hijos mulatos. La temperatura del tr\u00f3pico avivaba fantasmas que al momento yo desconoc\u00eda existieran dentro de m\u00ed. Empapada en sudor, llegu\u00e9 corriendo a la guagua que recordaba fotogr\u00e1ficamente y con mucha suerte, porque la fila estaba llena de buses que ven\u00edan de los pueblos del interior hacia la costa. Ya se hab\u00eda armado un kiosco donde vend\u00edan jugos, helados y algunas golosinas. Sub\u00ed la escalera de la guagua en una zancada. \u00c9l no estaba. M\u00e1s mulatitos preciosos aparec\u00edan en mi cabeza. Baj\u00e9 muy mareada y con un zumbido agudo en los o\u00eddos. Estaba a punto de desplomarme cuando alguien me toc\u00f3 el hombro y me dijo algo al o\u00eddo que no comprend\u00ed. Cuando me di vuelta, ah\u00ed estaba. Viniendo hacia m\u00ed. Con un jugo de guan\u00e1bana y leche. En la otra mano, que la ten\u00eda escondida detr\u00e1s de la espalda, hab\u00eda un jugo de pi\u00f1a que me esperaba. Nos sentamos al costado del camino que a esta altura era ya una fiesta de bachata y diosas de \u00e9bano que se mov\u00edan en marea de chocolate. El sol se escond\u00eda y el tranc\u00f3n segu\u00eda infinito.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Por\u00a0(luc\u00eda granados)<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; De boca en boca nos lleg\u00f3 finalmente la informaci\u00f3n. A las siete de la ma\u00f1ana en el mercado principal de la ciudad. M\u00e1s precisamente en el puente. Un hombre nos iba a buscar. Nos bajamos de la guagua poco antes de la hora pautada. 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Los pasajeros, comerciantes de precisi\u00f3n gen\u00e9tica en el movimiento, sub\u00edan a la guagua cuyo pedal de freno no fue ejecutado a tope sino solo hasta que llegamos a su destino final: San Basilio del Palenque. Ya en el bus se notaba que hablaban distinto, no era castellano pero tampoco pod\u00eda identificar de qu\u00e9 lengua se trataba. En un in\u00fatil intento por descifrar la etimolog\u00eda de las palabras, me dorm\u00ed con el romance bachatero de fondo que era canci\u00f3n de cuna para m\u00ed a esa hora de la ma\u00f1ana. Cuando despert\u00e9, estaba en Ghana. El dialecto, comprend\u00ed, era el tr\u00e1nsito a este mundo. No s\u00e9 si era el sol o alguien hab\u00eda cambiado las formas y la paleta del paisaje. Estaba claro que ya no estaba en Colombia: casas saturadas de colores, con guardas de rayas o flores que parec\u00edan pinturas rupestres en contraste con el fondo, techos de chapa combinados con paja, calles de polvo en nubes surcadas por la guagua y el trote de los chiquitos que compet\u00edan con la velocidad del veh\u00edculo. La ten\u00edan clara: llegaban las golosinas\u2026 y los turistas. Mi chico arm\u00f3 r\u00e1pidamente un picadito con los ni\u00f1os en la plaza, pero uno de ellos se cruz\u00f3 y me invit\u00f3 con la mirada. Yo lo segu\u00ed: la obediencia era la consigna del d\u00eda. Frente a la plaza, las encontr\u00e9. No s\u00e9 de qu\u00e9 habr\u00edan estado hablando, pero seguramente era algo divertido. Su risa era musical y compon\u00eda una perfecta imagen con sus dientes blancos. Estaban asomadas a una ventana de madera que parec\u00eda el marco verde de un cuadro africano. Tal vez buscaban la brisa que, aseguro, nunca lleg\u00f3 al menos ese d\u00eda. Sonaban Aventura y algunos tambores que se mezclaban con las motitos que iban y ven\u00edan y con los gritos de los chicos que peloteaban enfrente. Aunque salud\u00e9 con cierta timidez irreconocible en m\u00ed, ellas me recibieron con alegr\u00eda. En ese lugar es imposible otro estado de \u00e1nimo, intu\u00ed. Ah\u00ed no llegan los turistas, me dijo la m\u00e1s atrevida de las tres, me pregunt\u00f3 a qu\u00e9 hab\u00edamos ido. Sab\u00eda que yo no estaba sola. Le cont\u00e9 que tra\u00eda un documental que un colega hab\u00eda filmado hac\u00eda unos a\u00f1os en el pueblo. Le dije su nombre y un resumen de la pel\u00edcula. Ella recordaba todo muy bien, asent\u00eda con la cabeza y completaba mis frases adivinando la pr\u00f3xima palabra. Digo que ella realmente se acordaba de todo, con detalle, pero sobre todo de \u00e9l, mi colega: el director. Estaba claro que buscaba complicidad femenina en m\u00ed que \u2013por supuesto\u2013 encontr\u00f3 en menos de 3 segundos. Las otras dijeron algo indescifrable en el dialecto palenquero y, aunque no supe exactamente de qu\u00e9 se trataba, no me qued\u00e9 afuera. Ya \u00e9ramos amigas: entonces solo nos separaba una ventana. Entonces. Me acerqu\u00e9 y les pregunt\u00e9 qu\u00e9 estaban haciendo mientras exploraba visualmente y sin querer el escenario, porque yo no buscaba lo que encontr\u00e9. La imagen lleg\u00f3 antes que la palabra: un tabl\u00f3n s\u00f3lido contra la pared de la ventana, un mantel de hule pegajoso y agrietado, una masa amorfa de carne oscura. Sangre, mucha sangre, moscas y un caparaz\u00f3n prehist\u00f3rico. No pude sostener la mirada y en un acto reflejo me volv\u00ed sobre mis pasos. Se dieron cuenta de mi reacci\u00f3n e intentaron justificar la carnicer\u00eda mientras yo me esforzaba por disimular mi espanto. Lo que era natural para ellas no dejaba de ser un horror para m\u00ed. Me qued\u00e9 afuera \u2013ahora s\u00ed\u2013 y me acord\u00e9 de OUT, una novela japonesa, en la que dos mujeres se dedicaban a desaparecer cuerpos entregados por la mafia del juego. La descuartizaci\u00f3n es cosa de chicas. Es un trabajo que, m\u00e1s que fuerza, requiere inteligencia y concentraci\u00f3n, trabajo fino, de costurera de vestidos y botones bien forrados, que entiende de cortes y articulaciones. S\u00ed, cosa de chicas, que escuchan bachatas de amor mientras esperan a turistas para seducir con sonrisa m\u00e1gica y cuchillo en mano. No s\u00e9 si fue para medirme o para provocarme a causa de mi reacci\u00f3n poco educada, pero una de ellas \u2013la m\u00e1s joven\u2013 le hablaba a mi chico, que hab\u00eda vuelto a buscarme y al que yo no hab\u00eda registrado a mi lado, y le dec\u00eda si no quer\u00eda un hijo mulatito. Como Lenny Kravitz. Atrevida, zorra. \u00c9l re\u00eda. Yo ten\u00eda un cuchillo en los ojos y otro muy pero muy cerca. Las tres se fueron para adentro. Mi novio, envalentonado por el piropo y sabiendo que no le saldr\u00eda gratis la risita de consentimiento, con astucia anul\u00f3 la posibilidad de tematizar lo que acababa de suceder y cruz\u00f3 por la tangente. 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