Categoría: Cuba

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Tarde/Noche en La Habana

Los problemas habían comenzado con mi decisión de ir a caminar por las calles del centro viejo de La Habana. Era mi primer viaje a Cuba y según la Lonely Planet, la calle Obispo era un lugar de visita obligada. Realmente lo era. Así que con mi ex, una tarde de calor insoportable de Julio, guía en mano, enfilamos desde el hotel donde parábamos, el Hotel Victoria –un lugar histórico donde vivió durante muchos años Juan Ramón Jiménez, el autor de Platero y Yo- hacia el centro viejo de La Habana para recorrer la calle Obispo, con su caudal histórico y de modernidad, hoteles centenarios, como el Ambos Mundos, donde vivió Hemingway, La Floridita, creador del daikiri, doblando en una callecita La Bodeguita del Medio y otros tantos lugares que ni recuerdo. Lo que sí recuerdo es que, en una esquina, tres jovencitos que nos reconocieron por nuestro inconfundible aspecto de turistas –bermudas, zapatillas, una riñonera y cara de imbéciles, básicamente- nos metieron calle adentro y a punta de cuchillo, nos sacaron lo que teníamos, que era bastante poco: fotocopia de pasaportes, la tarjeta de mi esposa, su cédula de identidad argentina, algo de dinero y su registro de conducir. Nos habían advertido que en La Habana perder el pasaporte podía derivar en una pesadilla –las autoridades cubanas presumían que el turista lo había vendido a un cubano- y que lo ideal era dejar casi todo en la caja fuerte de la habitación. Bueno, el tema es que volvimos al hotel, le avisamos al conserje del hecho, nos facilitó el teléfono del front desk para avisar a Visa La Habana del robo de la tarjeta, donde nos pidieron una presencia personal. Visa La Habana quedaba en una oficina en el Hotel Nacional, un hermoso hotel en la zona de Miramar. Allí fuimos. Al regresar, nos esperaba un patrullero. La mentalidad policial cubana había hecho que el conserje llamara a la policía para avisar del hecho. Un policía muy cordial me preguntó que pasó. Se lo expliqué, le dije que no precisaba ni valía la pena hacer la denuncia policial por cincuenta euros, fotocopias y documentos que en Cuba no valían nada y que podía rehacer en Buenos Aires. Menos cordial, el policía nos dijo que debíamos hacer la denuncia. Insistí en que no era necesario. El insistió, ya menos cordial. Subí a la habitación a buscar algo de dinero y los pasaportes originales y al bajar, mi ex ya estaba en el patrullero. Con el poder del Estado encima, y sin otra opción, viajamos en el asiento trasero de un Lada destartalado en medio de la oscuridad, por los racionamientos de energía, hasta la comisaría de la Policía Nacional Revolucionaria, que la recuerdo lejana. La única luz en la calle eran las luces del patrullero y sus focos azul y rojo. Los asientos eran de plástico duro, como todos los asientos traseros de patrulleros, donde viajan detenidos. Llegamos a la comisaría donde nos hicieron esperar un rato en unas sillas. El lugar era deplorable. Creo que cualquier destacamento de la bonaerense era mejor. Olvidate de aire acondicionado o de otros lujos. A lo lejos se escuchaba a un policía, educado, hablando con un detenido y convenciéndolo que estar detenido era lo mejor para el porque, borracho como estaba, era un peligro para el y para el resto. Al fin, un oficial nos hizo pasar al despacho del capitán. Nos pregunta que pasó, se lo comentamos. Su interés estaba fijado en saber que había pasado con los pasaportes, le dijimos que habían quedado en la caja de seguridad del hotel y que por eso estaban en nuestro poder. Se los mostré y respiró aliviado. “¿Entonces que quieren de nosotros?” pregunta. En realidad, no queríamos nada, estábamos ahí por el llamado del conserje del hotel a la policía, pero se me ocurrió algo. “Un certificado policial del robo del registro de conducir y de los documentos”, se me ocurrió. El tipo lo pensó un segundo y se puso a tipear, en papel membretado de la PNR. “¿Tienen como volver? Taxis por aquí no hay”, pregunta. “No, no tenemos”, le respondí. El policía le ordena a otro que nos alcance a nuestro hotel y allí volvimos. Le pedimos, en el camino, que nos deje en el Hotel Nacional en lugar del Hotel Victoria. El Hotel Nacional, para quien lo ha conocido, tiene un fondo especial, con vista al malecón, sillones de rattan y almohadones mullidos, una barra de primera y grupo de música espectacular. Creo que era lo que necesitábamos en ese momento. No hubo problemas. Bajamos del patrullero en el Hotel, que tiene una entrada embajadora larga, ante la mirada de todos los curiosos presentes. Y el día policial terminó sentados en esos sillones, escuchando buena música cubana y con un mojito en mano. Luego, un auto del hotel nos llevó al nuestro. Y esa mala experiencia no nos desanimó, volvimos a Cuba en tres ocasiones más. Y el certificado de la Policía Nacional Revolucionaria, que no sirvió para nada porque rehicieron todo lo perdido sin necesidad de ese certificado, está enmarcado en la casa de mi ex.         Por @grismetalizado

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