Te encanta viajar y tenés la suerte de poder hacerlo. Tenés los medios, el estado físico, el tiempo… Así decidís un día cruzar el planeta, literalmente hablando, para ir a Japón.

Yo no viajé mucho en mi vida, así que todo me sorprende y me deja maravillada. Creo que soy mala consejera de viajes, justamente por eso: todo me parece hermoso, genial, indispensable. Con todo ése entusiasmo empecé a planear el itinerario.

No sé exactamente qué fue, pero nunca llegué a conectarme con la idea de visitar Japón. Sin embargo, veía que todos volvían fascinados y que cada vez más gente lo elegía.

Uno de los problemas que tuve fue por comprar desde acá tickets para las actividades que queríamos hacer. Hay cosas que tienen tanta demanda, que necesariamente hay que comprar con mucha anticipación (la Tokyo Game Show, el Museo Ghibli, por ejemplo). Enseguida llegó la frustración de no poder traducir algunas páginas, de intercambiar mails en inglés con japoneses que claramente no entendían nada, de equivocarme con las fechas y tener que cambiar el itinerario, de que hubiera páginas que me rebotaban la tarjeta aunque el banco me la autorizara… Cualquier trámite sencillo era abrumador y complicado. Pero siempre me aferraba a la idea de que en cuanto llegue allá todo iba a estar mejor, porque el destino, según lo que decían, era espectacular.

El vuelo fue larguísimo y complicado. Fueron 30 horas en el asiento del medio, con mi compañero muy descompuesto la primera mitad del viaje. Yo había pedido un menú vegetariano, que resultó ser una bandeja de arroz blanco mal cocido con una cucharada de arvejas, así que sumado a todo estaba casi sin comer.

En lo único que pensaba, lo que me mantenía de buen humor, era en lo espectacular que iba a ser llegar. Pero la primera impresión (y la única, realmente) que tuve fue: esto no vale la pena, quiero volver a mi casa.

En Japón pasa de todo y a la vez no pasa nada. Hay mil cosas para hacer, para ver, para recorrer, para comer, y sin embargo es muy fácil aburrirse. Es que no hay una noción de “caos cotidiano”, todo funciona como tiene que funcionar.  Llegué a pensar, después de un día muy largo, “necesito llegar al departamento y que no haya agua caliente, que no ande el módem, algo inesperado, cualquier cosa”. Con la comida me pasó lo mismo: Recuerdo haber dicho “estoy harta de comer arroz” al segundo día en ése país. Y es que ser vegetariana en Japón es eso: comer arroz, a veces huevo, un poco de soja. Y nada más.

Para ser justa, yo nunca conecto mucho con las grandes ciudades. Pensé que saliendo de Tokio me iba a encontrar algo más, y  fui a Kioto y a Nara. No me malinterpreten: todo es hermoso. Pero una vez que viste un templo viste todos, y una vez que estuviste en el cruce de Shibuya te das cuenta que es lo mismo que Shinjuku y que Ginza y que Akihabara y que…

La gente es un mundo aparte. Son muy educados pero para nada amables: Nadie te habla, nadie te ayuda cuando te ve perdido, nadie se mete en nada. Hacer sociales con un japonés es increíblemente difícil.

Ni siquiera puedo decir que me sentí abrumada. Japón resultó ser un país que no me despertó nada, más que curiosidad por momentos breves, pero no más que la curiosidad que me puede generar cualquier sociedad más cercana. Aunque tengo que admitir que mi compañero, fanático gamer y nerd de profesión, tuvo una experiencia diametralmente opuesta.

Quizás fui mal predispuesta, pero juro que lo intenté. Conocí lo más tradicional y lo más tecnológico: dormí en un hotel cápsula y usé consolas de videojuegos que acá ni se escucharon nombrar aún, pero nada logró sacarme la idea constante de que faltaba “algo” que Japón no me iba a brindar nunca. Volví a casa feliz de irme de ése país y sin entender la fascinación que lo volvió un destino tan de moda y codiciado. Mucho menos sabiendo que también para volver me esperaban otras 30 horas de asiento del medio y arroz blanco.

Por @llenadpreguntas