En noviembre de 2015 finalmente pude hacer mi primer viaje a Europa. Como iba sola decidí solo 12 días y pocas ciudades: Madrid, Barcelona y Tarragona. España porque mi abuela era catalana y siempre tuve a Barcelona en un rincón del corazón. Y, porqué negarlo, también por la comida.

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El living del hostel donde pasé unos días en Madrid era la quintaesencia de lo conocido. Hasta tenía las carpetitas sobre los sillones que siempre veía en casa de una amiga cuando éramos chicas.

No mencionaré aquí la historia del duchador roto durante mi primer día de hospedaje porque como se salió apenas la agarré estoy segura de que esa manguera estaba a punto de romperse por el prolongado uso previo.

 

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Porque si vengo a Madrid no voy a desayunar té con tostadas. El chocolate era súper espeso, se me hacía difícil tomarlo de la taza. Todo tan rico y yo tan entusiasmada que no me di cuenta de que todos mojaban los churros en el chocolate, como si fuera una salsa. Miré alrededor a ver si alguien miraba a la turista rara tomándolo directo de la taza pero parece que zafé.

 

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En España: ¡tortilla! El mejor recuerdo de tortilla de papas era el de la que hacía mi abuela. En Barcelona busqué un restaurant que no pareciera para turistas. El plato era una porción de tortilla y algunas rodajas de pan con tomate, muy simple. El pan crocante, el tomate una locura de sabroso y el primer bocado de la tortilla me emocionó. Estaba exquisita, tenía el mismo gusto que la que hacía mi abuela. Se me vidriaron los ojos.

Cuando vino el mozo para ver si estaba todo bien, me vio y en tono jocoso me preguntó si estaba cansada. Le conté la historia de la tortilla. Le cambió la cara. Empezó a deshacerse en disculpas. «No te preocupes, estoy bien, ¡solo me emocioné!”. «¡Estas historias de familia a mí tambíén me emocionan!”, me dijo con la voz un poco quebrada. Me puso la mano en el hombro y por unos segundos lagrimeamos juntos, el mozo y yo.

 

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Una de las primeras cosas que quería hacer al llegar a Barcelona era ir al mar. Quería tocar el Mediterráneo.

Y finalmente lo toqué. Para limpiarme toda la pierna izquierda del jean y la remera que se habían manchado con miel de una crepe que había ido comiendo mientras caminaba y cuya bandeja de cartón, me di cuenta tarde, era bastante inútil.

Mientras estaba en la orilla concentrada limpiándome con varios pañuelos de papel, el mar, en reciprocidad, me mojó los pies.

Y las zapatillas. Y las medias. Y el jean hasta la rodilla.

Pero, al fin y al cabo, toqué el Mediterráneo.

 

 

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Dicen que cuando Antoni Gaudí se recibió de arquitecto, el director dijo: «No sé si estamos dándole el diploma a un loco o a un genio».

Casa Milà (La Pedrera). Estuve tres horas y media. No quería salir. También me pasó en La Sagrada Familia, en Casa Batlló y en Park Güell. Pero a lo mejor soy yo.

 

 

Por @virginiagallino