Mi infancia estuvo colmada de relatos de tierras y lugares legendarios. Mi abuela se encargó de enseñarme con amor, cada tarde, un pedacito de su historia en su Galicia amada. Y el Camino Dos Faros nos iluminó en las siestas en las que no me podía dormir porque quería que me siguiera contando esos recuerdos fantásticos…

 

Corría el año 2000 y con 15 años recién cumplidos comenzaba a tomar forma el sueño de mi vida: viajar con mi abuela, ese ser maravilloso que hizo que mi infancia fuese la más feliz del mundo, a conocer los lugares que con un nivel de detalle me describía cada tarde en la que dormir la siesta era una excusa para que me cuente todo de su amada Tella -el pueblito gallego en el que había nacido y al que siempre añoraba con volver- y esos sitios hermosos entre montañas y mar que me resultaban tesoros imaginarios.
El destino, caprichoso, me la arrancó poco antes y sentí que el mundo se caía.

Sin embargo, los años pasaron y con la madurez llegó la idea de emprender ese viaje de vuelta a los recuerdos, a mis raíces, a mi esencia que me hacía tanta falta. Como si la posibilidad de encontrarme con esos lugares que mi corazón conocía, me permitiesen hacer el camino que juntas habíamos soñado.
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Y doce años más tarde de lo planeado, me llegó la chance, en mi primer viaje trasatlántico, de conocer esos lugares legendarios que sentía tan míos. Continuos dejavues y sensaciones de ya haberlo visto me atravesaron.

Los minutos previos al aterrizaje fueron más que eternos para mí. Los recuerdos me inundaban, la expectativa me llevaba el corazón a dos mil. Mil sensaciones encontradas. Y nervios. Y ansiedad.
Mi familia gallega, tíos, primos, me abrieron las puertas de sus casas y sus corazones de par en par.

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Así llegamos a la Coruña y ya una tía me esperaba para dormir en su casa por la noche y pasar una de las veladas más divertidas de mi vida. Después de décadas, volví a probar comidas que no me gustaban como un gesto de amor y gratitud, y esa noche dormí con la paz de sentir que estaba en el lugar donde más quería estar.

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Me llevó al primero de los Faros del Camino, ícono gallego, la Torre de Hércules, que se erigía ante nosotros dándome la bienvenida en pleno atardecer dorado. La Torre de Hércules es el faro romano más antiguo del mundo y que aún sigue en funcionamiento.
La mañana siguiente, emprendimos el camino montañoso, lleno de paisajes preciosos y en cada curva resonaba la voz de mi abuela.

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Antes de llegar al pueblo, bajamos en la playa de arenas blancas que tanto ella me recordaba cada vez que me nombraba el mar «teníamos las playas más blancas y frías del mundo».

Y yo, me las imaginaba de nieve.

 

Otra tía me recibió en su casa por algunas noches y toda la familia me fue pasando a buscar para conocer los lugares que ya estaban grabados a fuego en mi memoria incluso antes de conocerlos.

Sin embargo, mi primo José Manuel fue el responsable de llevarme a hacer ese viaje al interior de los recuerdos que venían más vívidos con cada kilómetro recorrido.

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Juntos atravesamos la Costa da Morte, recorrimos el Camino dos Faros, comenzando por el Faro de Laxe, con una vista maravillosa a una bahía azul de ensueño. El Faro es muy sencillo y es una réplica exacta de otro, el Faro Roncudo, que pertenece a Corme, cuyo entorno de piedras y rocas es totalmente opuesto. img_5439

Más tarde, llegaríamos al Faro de Punta da Barca en Muxía. Situado en un entorno increíble, junto al Santuario de la Virgen de la Barca, en uno de los puntos más hermosos e impactantes de todo el recorrido. El atardecer nos regaló su color dorado en las flores silvestres amarillas y la recordé tanto más porque en ese sitio hay una piedra que, según la leyenda, si se pasa nueve veces por debajo, se curan todas las enfermedades de espalda y riñones. Siempre me decía «lo primero que tenemos que hacer, es ir a pasar por la piedra de Os Cadrís».

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img_5386 img_5374El paso por el Faro de Punta Nariga creo, fue el más impresionante. El Faro en sí, es el más trabajado de todos, y el que ofrece las mejores vistas. Ubicado en lo alto del Monte Nariga, pertenece al Concello de Malpica. Es el más moderno de todos y fue construido en los años 90. Desde arriba, uno tiene la sensación de encontrarse sobre un barco atracado entre las rocas; y una curiosa pero hermosísima escultura corona la estructura. Es llamada «El Atlante».


Finalmente, llegamos al punto más remoto de Galicia: Finisterre. El lugar donde todo termina.

Donde termina la tierra para dar paso al mar que ruge con potencia y desafía la fortaleza de los marinos.

El lugar en el que los peregrinos de Santiago queman sus ropas como último gesto hacia el Santo.

El lugar que alberga el último faro del maravilloso Camino.

Hoy en día se sabe que no es el lugar más occidental de Galicia, pero la tradición lo ha convertido en el final del Camino.

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Apenas llegamos y nos asomamos al acantilado, sentí una fuerza en el pecho que el corazón se me salía. Mezclado con una paz que nunca había sentido. Y ahí José Manuel, mi Virgilio en esos días, me dijo: «no me creerías si te dijera que nunca vi el mar tan calmo, nunca vi en mi vida un día como éste.»
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Me llevó a un pequeño refugio de madera donde había un bar de no más de tres por tres, con una hermosa ventana al océano. Me compró una coca y me dijo: «siéntate ahí», señalando un banquito de madera junto a la ventana. Cuando vino, se sentó en frente mío y respirando hondo soltó: «en este exacto sitio estuvo sentada hace unos 15 años tu abuela. Yo la traje hasta aquí, le compré lo mismo que a tí y me senté en este mismo lugar».

Y de repente toda esa emoción contenida de días fueron lágrimas y más lágrimas, de bronca, tristeza, alegría y finalmente, una paz silenciosa.

Una suerte de reconciliación con el pasado.

Con la inmensidad del océano como testigo, sentí que de algún modo le había cumplido.

 

 

Por @ladipalma

 


Nota de QV: Aquí Google compila la ruta completa del Camino Dos Faros: https://www.google.com/streetview/#o-camino-dos-faros-spain