Reflexiones a más de 300 km/h en un TGV

Siempre quise decir “escribo esto mientras atravieso Europa en un tren de alta velocidad” y eso es exactamente lo que hago ahora, a bordo de un TGV que tomé hace menos de una hora en la estación de Cannes.

En la sala de espera, miré largo rato a una paloma más marrón y más peluda que las que tenemos nosotros en Colegiales o en San Telmo. Estaba en el piso, refugiada en una esquina del hall, la cabeza hundida en el cuello. Cada tanto trataba de erguirla para mirar a su alrededor, supongo que intentaba adivinar quién sería su asesino. Pensé en ella, en su suerte echada sin remedio. Esta noche, cuando la Gare quede desierta y pasen los mozos de la limpieza, seguramente la maten a escobazos o la saquen a la calle para que algún gato o un perro puedan comer de su carne. También imaginé que una nena francesita con el pelo a la garçon se escapaba de la mano de su madre y la alzaba, la llevaba a su casa, la curaba y luego la liberaba. Recordé que eso hizo una tía mía una vez. Su marido se había muerto y a los pocos días una paloma gris se refugió en su balcón. Tenía una pata herida. Mi tía la curó, la cuidó por un mes y luego la dejó ir, no sin antes avisarle a toda la familia que lo que había sucedido era que el alma de su difunto esposo la había visitado en forma de paloma gris. Esta era marrón, ¿sería el alma de un mulato? Me lo pregunto a trescientos veinte kilómetros por hora, una velocidad más que suficiente para arrollar palomas y cualquier tipo de pájaros, cosa que ni me importaría si no fuese porque acabo de ver una en sus últimas horas y me quedó su cara de “qué rápido fue todo” grabada en la cabeza.

A mi lado viaja una chica, se subió en Avignon, allí donde una vez hubo un Papa, el Papa de Avignon. Me gustan las historias de Papas, las intrigas de la iglesia. Me las doy de que sé mucho de ese mundo, quizás no sea del todo mentira, quizás sepa un poco más que alguna gente. Por ejemplo sé que hubo un Papa y un Anti Papa, todo en Avignon que ahora que ato es, además, un pueblo con un puente sobre el que todos bailan. Ajena a mis pensamientos, la chica se comporta como una verdadera francesa. Pelo lacio, algo regordeta, lentes con marco de color, usa una botella con una pajita para darle agua al gato que lleva en una jaula. Me gustan mucho los gatos, aunque es muy probable que uno de ellos esta noche se coma a la paloma enferma de la Gare de Cannes. Al principio miré la jaula y pensé que estaba vacía. Miento, no vi bien y pensé en preguntarle dónde estaba el gato, pero también pensé que mi francés de secundaria está oxidado y que ella no hablaría inglés. Ridículo, todos hablan inglés, mucho más una chica en el vagón de primera de un TGV. ¿Do you a have a cat inside? le dije entonces, señalando la jaula y me respondió que sí, que look inside, y yo que oh is very beautiful y ella que thank you mercí mientras le acercaba la pajita a la boca de un animal que, la verdad, no llegué a ver del todo pero dije que era very beautiful porque si decía que no lo veía ella tenía que levantar la jaula y toda la operación se iba a complicar. Recién caigo en que no escuché un solo maullido. Y ahora, mientras caigo en que no escuché ni un solo maullido, la gordita pone la jaula sobre la mesa, abre un poco la reja y le hace mimos al conejo que está adentro. No lleva un cat, lleva un lapin, que la verdad no suena ni cerca del cat que estoy absolutamente seguro que dije. No me gustan especialmente los conejos, no me gusta la expresión “cogimos como conejos” sobre todo porque una vez vi a un conejo cogiendo y el alarido que pegó al acabar me dio mucho miedo, o más bien pena, no sé si por el pito del conejo o por la cosita de la coneja, pero me dio pena. Ahora la chica se fue. ¿Al baño? No sé, quizás al salón comedor. Me dejó la jaula al lado. El lapin pega su nariz a la reja, le acerco un dedo como un acto reflejo, soy de tocar animales. Estoy cerca de pasarlo para el lado de adentro pero imagino que mi índice se transforma en una zanahoria y que el rabbit -que por cierto tampoco suena a cat, I saw cat, me cago en el Papa de Avignon- empieza a roerlo y no, mejor no lo paso y sigo escribiendo en el TGV que ahora debe ir a trescientos cuarenta porque, la verdad, tiembla bastante.

Hay un sssssss neumático muy agradable que viene detrás, se abre la puerta, ha de ser la chica que regresa de orinar o de comprar algo. No, es una cosa marrón que me huele la pierna. Un perrito, o mejor dicho el hocico de un perrito. Dos metros más atrás, sujetando la correa, viene una francesa de unos cuarenta o cincuenta años, es difícil saber la edad de las francesas, no sé por qué pero es difícil. Rubia de pelo corto, casaca de cuero beige, me mira con algo de culpa porque su perro me olió la pierna, le pongo cara de que me encantan los perros aunque alguno de ellos capaz que esta noche se come a la pobre paloma de la Gare de Cannes. Me mira pero no me parece que entienda mis ojos de me encantan los perros, es posible que mi sonrisa no haya sido tan explícita, quizás no me di a entender del todo y temo que si le saco conversación, el perro se transforme en algo, que de chian pase a no se qué, como paso con el gato que se hizo conejo en el rato que dejé de mirarlo.

Ahora sí volvió la chica, es posible que primero haya orinado pero después habrá  sentido hambre porque tiene en la mano una hamburguesa con cheddar y se la devora en pocos bocados. El conejo la mira, no creo que quiera, nunca vi comer hamburguesa a un conejo. ¿Es francés el cheddar? No lo había pensado, lo hacía nacido en Texas, ya directamente con nachos debajo, pero debe ser otra equivocación mía que escribo en un TGV a trescientos kilómetros por hora o incluso menos porque ya no tiembla y si miro bien a lo lejos, se adivinan las luces de París.

 


Por Luciano Olivera

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