Los veranos son agobiantes. Todos los presentes usan cualquier pertenencia cual abanico para tratar de combatir la temperatura. Los pañuelos y toallas pasan de mano en mano para secar la transpiración y poder seguir apreciando el paisaje selvático que nos rodea. Yo estoy ahí.

Los pasos retumban en las pasarelas de metal combinándose con risas o gritos de sorpresa ante cada salto de agua que ofrece la Selva. Las esquinas se tornan intransitables por momentos, cochecitos con bebés, madres, abuelas, padres, tíos y amigos tratan de pasar pero sin perderse nada. Yo sigo ahí.

Desde arriba todo se aprecia mejor. Todos bajan sus miradas hacia los caudalosos ríos donde conviven especies que ninguno de los visitantes se imagina. Yo sigo ahí, observando.

Las lanchas y botes del lugar, vehículos cosmopolitas si los hay, hacen rugir sus motores llevando de paseo a personas de distintos puntos del mundo que por unos minutos son salpicados por las poderosas aguas. Vi mil veces esta escena pero la sigo disfrutando.

Todos los presentes de manera inexorable se dirigen hacia la estrella del lugar. Los carteles con sus flechas los van guiando respetando las inevitables paradas por algo refrescante. Yo sigo sus pasos, se acerca mi momento.

Pasado una última curva y luego una extensa pasarela que desemboca en un gran balcón aparece ella, la Garganta. Es pura fuerza, puro poder. Cientos y cientos de litros de agua que la Selva deja caer en un descontrol ensordecedor. Yo sigo ahí y cada vez más cerca.

La bruma nubla la vista y el asombro genera la distracción necesaria. De un salto ágil y rápido arrebato las dos naranjas que venía siguiendo desde hace varios minutos. “¡Mamá se lleva las naranjas!” grita la voz de una nena. La madre simplemente se ríe. El golpe fue un éxito y las naranjas deliciosas.

La Garganta del Diablo y la Selva siempre serán los mejores cómplices de un coatí.

 

 

Por @matute_btn