Diario de un nativo Villa Gesell – Argentina

Desperté de golpe y sorprendido por los temblores. Me quedé unos momentos quieto para ver si no se trataba de algún sueño malintencionado ya que, al acercarse la Época, las pesadillas suelen atacar a diario como una advertencia. No vaya a ser cosa que no estemos preparados.

Al ver que el sueño no era el culpable de las vibraciones, me cambié rápido y ajusté el chaleco. Asegurando el gorro escarlata y con el báculo en la espalda abrí la puerta dejando entrar la luz del sol.

La aldea era un caos y sospecho que me había quedado dormido. Por la calle principal corrían varios empujando los carros que cargaban hojas, ramas y troncos con el fin de cubrir entradas y ocultar las ventanas. A diario varios veraneantes sospechaban de nuestra existencia cuando en la oscuridad titilan luces que no pertenecen a sus faroles.

Corrí hasta el árbol principal donde ya todos se agolpaban para obtener sus tareas y designaciones. Era costumbre que el Consejo de Antiguos determinara que haría cada uno para sobrellevar sin dificultades la Época marcada por el calor. Aquellos que dominan la magia suelen dirigirse a los caminos para remover la tierra y evitar que nuestros pasos llamen la atención. Los que poseen habilidades para hablar con los árboles se encargan de negociar año tras año la forma de las ramas y la orientación de las hojas. Siempre hay que hacer todo lo posible para que la aldea quede oculta a los ojos bárbaros.

Uno de los grupos más reconocidos de la sociedad eran los Mensajeros. Muchos de nosotros ansiábamos crecer para lograr formar parte de esta selecta organización que establece contacto con aldeas vecinas a lo largo de la costa.

Intuyo que mi juventud hacía que no tuviera hasta hoy un rol preponderante en los trabajos de Época. Sin embargo, esta vez, uno de los Antiguos me señaló y me pidió algo que me hizo temblar de pies a cabeza. Tenía que dar la señal. Tenía que asegurar el inicio.

El Antiguo se acomodó la barba y tocó la punta de mi báculo para darme la orden. Sin dudarlo, salí a toda velocidad rumbo norte.

Raíces, piedras, caminos, pasto, arena y médanos pasaban bajo mis pies mientras los árboles aplaudían mi carrera. Cuando el bosque comenzaba a quedar atrás me crucé con los primeros vehículos que ya formaban filas y las risas de los extranjeros se hacían notar.

La Época daba claras señales de su inicio pero tenía que llegar al punto de aviso cuanto antes.

Una vez que el bosque dejó de dominar el paisaje supe que estaba cerca. La sorpresa fue impactante, el Muelle se metía mar adentro con los pájaros a su alrededor buscando alimento.

Fueron segundos de asombro, giré la vista y ahí estaban. Se abrían ahí, primerísimas y solitarias. Había sombrillas.

Levanté el báculo al cielo y lo hice girar. El viento se hizo más fuerte, las olas crecieron con su fuerza y la temperatura subió aún más.

Tenía que huir con prisa sin dejar de dar un salto rápido sobre un cartel que indica “Villa Gesell”, una costumbre antiquísima. No podía dejar que la emoción de un simple duende arruine la ilusión de toda la Época.

 

Por @matute_btn

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Por | 2017-11-30T15:17:38+00:00 noviembre 30th, 2017|#BloggeroQV|1 comentario

Un comentario

  1. ArqxHora 30/11/2017 en 20:35 - Responder

    Genial!
    Tengo familia en Gesell. Voy 3 o 4 veces x año. La vida está atada a mis mejores recuerdos de la niñez, de vacaciones de 3 meses con primos, abuelos, tíos, amigos…
    Gesell tiene magia, y en este relato, se deja ver un poquito.
    Gracias!

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