Si tuviera que definir este rincón de Virginia en una sola palabra creo que esta sería orden. Si tuviera que definirlo en dos serían orden y ladrillos. Todo parece estar ahí a base de una escuadra y un transportador gigante que no dejaron un milímetro al azar.

La mañana de un día cualquiera en el barrio South at Carlyle empieza temprano oliendo el fresco de las primeras horas. Sobre el fondo siempre se hace presente la figura del Washington Masonic National Memorial, una figura tipo faro rodeada de un parque que nada tiene que envidiar a una cancha de golf.

Infaltable el café para los primeros pasos del día, casi una extremidad más de los norteamericanos que colman los interminables locales cafeteros cuadra tras cuadra. Para no desentonar, todos ellos por estos pagos, se ubican en locales que respetan los ladrillos y piedras a la vista de absolutamente todos los edificios.

Las veredas hacia la estación de subte sorprenden con flores rojas o amarillas. Juro que son reales si ven las fotos aunque cualquiera sospecharía que forman parte de un set de filmación.

King Street se asoma al llegar a la estación. La calle principal de este lugar no hace más que aumentar las sospechas; negocios, bares y restaurants sostienen la idea de un pueblito de película. En dirección al río Potomac se va materializando el Old Town, el centro de la ciudad. Los ladrillos eternos se mezclan con vidrieras que tratan de imponer colores creando una mezcla excelente.

Otro de los grandes sospechosos es el tránsito. Señales, luces, semáforos y carteles arman un scalextric donde los vehículos son actores fundamentales que respetan de manera extremadamente fiel el guión. Para un peatón acostumbrado al vértigo esto no hace más que sorprender.

En dirección al río, hace su aparición el bus turístico de un rojo furioso y aspecto vintage. Dado que va hasta el puerto (final de King Street) es una gran idea para recorrer Old Town. Su precio pone al pobre bus en el primer puesto del listado de sospechas. Es gratis.

Al llegar al puerto este no desentona con el resto de la ciudad. Su aspecto de maqueta con los barcos en fila y su pequeño faro forman parte de un paisaje ideal para disfrutar de una mañana.

Me siento en uno de los bancos de espaldas al Art Center mientras saboreo mi segundo café. Pienso en los sospechas de la caminata a la vez que observo Washington DC en la otra orilla del Potomac. Quizás no sea Washington y sea una pared, el fin del decorado. Quizás me están mirando, ¿sabrán que sospecho?

Nunca lo voy a saber. Sigo con el café, disfruto de la tranquilidad y me resigno a esperar a Truman. Si es que existe, tiene que vivir por acá.

Por @matute_btn