La entrada de hoy trae una anécdota. Y una anécdota muy especial, por varios motivos. Primero, porque se remonta a mi primer viaje con mis amigas @Pili0909 y @MariaMarthaAC1. Segundo porque me lleva otra vez hacia el Uruguay, bello país. Y tercero, porque es una anécdota fantasmagórica. Sí, leyeron bien.

No se asusten, prendan todas las luces de la casa y lean lo que aquí les narro.

Corría el año 2004. Yo todavía daba clases particulares y un día, una de mis alumnas más fieles (¡y más queridas!) me dice: “Alejandra, con mi prima estamos pensando ir de viaje a Uruguay, ahora en julio. ¿No querés venir?”. Imagínense mi respuesta. Mi voto sí fue positivo. Y así, no sólo llegué al hermoso paisito de aquí al lado, sino que me gané dos amigas fraternas.

¿Y el miedo? ¿Y el terror?

Ya viene, ya viene. Recién estoy en la introducción, che. Se nota que Uds no enseñan lengua.

Salteo algunos detalles dado que a la fecha estoy 12 años más vieja y más desmemoriada. Pero, básicamente, salimos por tierras entrerrianas un día, muy temprano de mañana, y en el viejo y querido Palio bordó de @Pili0909. Entre mate y mate, como corresponde a verdaderas entrerrianas, recorrimos los 288 km que hay de Paraná a Gualeguaychú (o algo así), y de allí otros tantos 400 km hasta llegar al Puente Libertador San Martín que cruza el bello Río Uruguay.

Todo bien, ¿no? No están pasando muchos nervios, ni subieron sus pies a la silla. Todavía.

Luego de cruzar los 5365m del Puente – este que está acá, miren:

 

Luego de eso, digo, llegamos al puesto fronterizo. Y es aquí donde este relato se torna escalofriante – casi-casi al mejor estilo Stephen King, les prometo. El miedo fue in crescendo, en realidad.

Todo se inició cuando mi querida, nunca bien ponderada amiga @Pili0909, conductora de ocasión, descubrió que no había caído en la cuenta de que iba a necesitar (y la cito textualmente): “un mísero papel verde que era la extensión del seguro a los países que integran el Mercosur”. Y si bien no era ”taaaannnn importante”, el mismo había quedado en su casita, cientos de kilómetros detrás.

¡Ah! ¡Qué espanto, mis queridos lectores! El señor gendarme, con una monstruosa puntillosidad, nos indicó que de ahí no pasábamos. Y eso que Botnia todavía no estaba. @Pili0909, sin embargo, movió uno que otro hilo, y logró que la gente del seguro del auto le faxeara (¡bendita tecnología!) los papeles y todo arreglado. El gendarme levantó la barrera.

¿Y la paura? Bueno, se viene el nudo de la historia, se viene.

Los minutos se hicieron horas. Aún recuerdo el bello atardecer mirando lejos, ahí nomás, en el puesto aduanero. El cielo se tornó de un gris cada vez más oscuro. Caía la tarde. Invernal, por cierto. Y de pronto, penumbras. La noche … se perdió en tu pelo, la luna … se aferró a tu piel y el maaaaarrr se sintió celooosoooo … eeeh, perdón, perdí el hilo.

¡Ejem! Retomo el estremecedor relato.

Lo de salir muy temprano a la mañana, ese día de julio, tenía un muy bien definido propósito. A saber: nuestro interés por llegar a Colonia del Sacramento también temprano. Pues la historieta en la aduana nos súper atrasó.

Una vez de vuelta en la ruta, la noche se hizo presente. Y el drama también: NOS PERDIMOS.

Cuentan por ahí que la ruta principal estaba siendo repavimentada, reseñalizada, o algo así. Y tuvimos que tomar por un camino alternativo, es decir, “nos desviaron a otra ruta horrible, impropia de Uruguay, sin señalización alguna”, al decir de mis compañeras de viaje. Así, en vez de seguir derecho, como indica el manual, tuvimos que doblar y a la derecha. Sobrecogedor error. Uno siempre debe virar a la izquierda. Sabíamos que algo iba mal, pero íbamos.

Y, de repente, ahí, al costado, en la solitaria ruta, lo vimos. (Suban las patas, les digo).

A la derecha, del lado de las acompañantes, apareció Él. No, mejor lo digo de otro modo, para no crear suspicacias ni generar malinterpretaciones. De la nada, nos encontramos ante la presencia de una especie de Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris. Sólo que éste era todo gris. Entero. Todo él: su vestimenta, su sombrero, y su piel. Paradito, quietito, al costado del camino, como una estatua de Carlos Gardel, esperando quién sabe qué cosa …

Ante la espeluznante visión, las tres viajeras nos miramos las unas a las otras, y, al unísono, exclamamos: ¡¿Y eso qué fue?!

Pero al girar nuestras cabezas y volver la vista, Natalio ya no estaba.

Conmovidas por la aparición, aceleramos, en la búsqueda de ayuda para poder retomar nuestro camino hacia Colonia.

Al volver, necesariamente pasamos por el lugar donde habíamos visto al hombrecito gris.

Pero no había nada. De nada.

Sólo la noche fría de julio.

 

[video_embed video=»uDVatuIgCrc» parameters=»» mp4=»» ogv=»» placeholder=»» html5_parameters=»» width=»700″ height=»400″]

 

Por @AllySotton